Cuando se piensa en la manera de conseguir una fuente especial, exclusiva y reveladora, lo habitual es imaginarse un escenario lleno de trajes y corbatas, de grandes reuniones o de rotundos discursos. Sin embargo, la singular historia del Watergate sirve para demostrar (junto a otras tantas cosas) que el esperado informador puede llegar de la forma más inesperada.
En el caso de Bob Woodward, como reconoce él mismo en un artículo, Mark Felt, más conocido como Garganta profunda, llegó hasta él en una sala de espera. En ese momento, el joven Woodward no era más que un teniente de la Marina y, sobretodo, una persona inquieta (en el fondo, un periodista), que se interesó por un personaje que le pareció atrayente. Después sólo le hizo falta paciencia, una pizca de locuacidad y, principalmente, mucha dedicación. Con todos esos ingredientes (muy escasos, por cierto), ya sólo quedaba esperar a que la noticia saltase. Y saltó, vaya que si saltó.
Como todo ser humano, Felt tenía sus inquinas, rencores y defectos. Y Woodward lo sabía. Sin embargo, también era consciente de que era un diamante en bruto, una pieza que podía ser fundamental en el futuro. Y ese momento llegó cuando unos enmascarados asaltaron el edificio del Partido Demócrata conocido como el Watergate.
A partir de ese día, comenzó la labor más complicada para Woodward y su entorno: tener paciencia, contrastar los datos, investigar y ser cauto. Contra todo pronóstico, lo consiguió, y la historia del Periodismo así se lo reconoce. Sus reportajes levantaron el polvo del Despacho Oval, y tiraron de la silla a todo un Presidente de los Estados Unidos; mientras que, en las Facultades de todo el mundo, los jóvenes aspirantes a gacetilleros suspiraron con parecerse, aunque fuese por un momento, en un reportero de investigación.
Ahora, inmersos en el mundo de Internet, de los bits y de las grandes multinacionales de la información, todos nos preguntamos si algo similar podría volver a ocurrir. La respuesta no es fácil, pero quizás lo más correcto es afirmar que depende; depende del medio, del escándalo, del periodista, del editor y, sobre todo, del dinero.
Es posible, que, en estos tiempos tan difíciles para el Periodismo, este tipo de investigaciones sean más complicadas cada día. Quizás no queden más opciones que esperar o lanzarse al vacío. Pero, en cualquier caso, nunca viene mal sentarse en una sala de espera para ver si llega un hombre misterioso con una laringe sin fondo.